Un servicio de catering suele ser más caro que ir a un restaurante por una razón fundamental: el catering lleva el restaurante hasta ti, y eso implica muchos más costes y complejidad.
Con 27 años de experiencia os digo, que hay varios puntos clave que muchas veces no se ve: el coste oculto o coste de oportunidad, un coste que no está contabilizado ni es tangible .
A diferencia de un restaurante, que tiene ingresos diarios y un flujo de caja constante, el catering vive en gran parte de eventos puntuales. Esto tiene varias implicaciones importantes:
Primera, el cash flow irregular. Puedes tener un gran evento un fin de semana y luego varios días (o semanas) sin facturación. Sin embargo, los gastos siguen corriendo: nóminas, alquiler del obrador, almacén, seguros, vehículos… Ese desfase financiero tiene un coste real.
Segunda, el tiempo de espera entre eventos. Cuando no hay eventos, la empresa no está “parada”: hay que captar clientes, hacer presupuestos, reuniones, pruebas de menú, planificación… Todo ese trabajo no siempre se traduce en ingresos inmediatos, pero sí consume recursos.
Tercera, el riesgo de cancelaciones o incertidumbre. Un evento puede retrasarse, reducirse o incluso cancelarse. Ese riesgo obliga a tener márgenes más altos para proteger la viabilidad del negocio.
Cuarta, el coste de oportunidad. Cuando reservas una fecha para un evento, estás renunciando a otros posibles clientes para ese mismo día. Si finalmente ese evento no es tan rentable o surgen cambios, ya no puedes recuperar otras oportunidades perdidas.
Quinta, la necesidad de liquidez. Muchas veces hay que adelantar compras, contratar personal o reservar recursos antes de cobrar el evento. Es decir, el catering financia parte del servicio de antemano.
Sexta, la logística. En un restaurante, todo está centralizado: cocina, cámaras frigoríficas, almacén, sala… En catering, hay que transportar todo: comida, equipos, menaje, mobiliario e incluso cocinas portátiles si hace falta. Esto requiere vehículos, combustible, planificación y tiempo.
Septima, el montaje y desmontaje. En un restaurante tú llegas y todo está listo. En catering, el equipo debe llegar horas antes para montar desde cero (a veces en espacios vacíos) y quedarse después para recoger. Ese esfuerzo adicional se traduce en coste.
Octava, el personal. Un catering necesita más camareros y cocineros por comensal, y además hay que contar horas de carga, transporte, montaje y desmontaje. No es solo el servicio durante el evento.
Novena, la personalización. Mientras que un restaurante trabaja con una carta optimizada, en catering cada evento suele ser único: menús a medida, adaptaciones por alergias, tipo de evento, estilo de servicio… Todo eso implica más trabajo previo y organización.
Decima, los riesgos y la previsión. En un restaurante puedes ajustar compras a diario. En catering, hay que prever todo con antelación para que no falte nada el día del evento, lo que reduce margen de maniobra y aumenta costes.
Undecima, el lugar del evento. No siempre hay cocina, agua o electricidad disponibles. Muchas veces hay que llevar soluciones propias (generadores, cámaras, estructuras), lo que incrementa el precio.

Y muy importante, algo que muchas personas no tienen en cuenta: un catering también tiene una estructura fija similar a la de un restaurante. Necesita un obrador propio, donde se prepara la producción, y un almacén para conservar alimentos, bebidas, menaje y equipamiento. Es decir, tiene costes fijos elevados (instalaciones, personal base, suministros, mantenimiento) muy parecidos a los de un restaurante… pero sin el flujo constante de clientes diarios.
En resumen: en un restaurante pagas por un servicio ya optimizado en un espacio fijo. En un catering pagas por toda la infraestructura, el equipo humano, la logística y la experiencia completa montada desde cero donde tú quieras, además de mantener una estructura profesional permanente detrás.

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www.fincaelpocico.com


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